miércoles, 13 de diciembre de 2017

Dimensiones de la coherencia cristiana



En el Documento de Aparecida puede leerse: “Cuando hablamos de una educación cristiana entendemos que el maestro educa hacia un proyecto de ser humano en el que habite Jesucristo con el poder transformador de su vida nueva” (n. 332). Esto tiene especial interés en la perspectiva del próximo Sínodo sobre los jóvenes.

La formación cristiana está centrada en Cristo. San Pablo exhorta a los Filipenses para que tengan “los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2, 5). Y a los Corintios les dice que tienen “la mente de Cristo” (1 Co 2, 16). La carta a los Hebreos explica la entrega de Cristo en toda su vida, y especialmente en la Cruz, en solidaridad por la salvación de todos los hombres. Estas son las coordenadas de la educación cristiana, sobre la base de la antropología bíblica, que ve a la persona como imagen de Dios (cf. Gn 1, 27).

Por tanto la educación cristiana se asienta sobre los fundamentos antropológicos y éticos de la racionalidad, de la afectividad y de la dimensión social. Pero no se queda a nivel meramente humano, sino que asume esas tres dimensiones en la plenitud de Jesucristo, que da así unidad al vivir cristiano en la apertura al amor divino. En efecto, “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes, 22).

Todo ello requiere de los educadores cristianos unas adecuadas disposiciones y actitudes, que comienzan por cultivar la amistad personal con Jesucristo y, al mismo tiempo, conocer en profundidad el mundo en que vivimos y las personas que nos encontramos.

martes, 21 de noviembre de 2017

Vivir, conocer, comprender la Iglesia



El autor de este blog ha publicado "Eclesiología", en la colección de manuales ISCR del Instituto Superior de Ciencias Religiosas (ed. Eunsa), Universidad de Navarra.

El libro tiene como objetivo presentar una visión de conjunto de la Eclesiología.

Se plantea responder a preguntas acerca de la naturaleza y el origen de la Iglesia, no solamente como institución sino también en su realidad más profunda: ¿Quiso Cristo la Iglesia?, ¿cómo está configurada, quiénes pertenecen a ella y cómo se relacionan con ella otras personas?

Asimismo se ocupa del desarrollo, misión y destino de la Iglesia: lo que puede o no puede cambiar en la Iglesia y por qué, el papel que juega la Iglesia en los ámbitos culturales y sociales, el modo de compaginar en la Iglesia lo universal y lo local, si cabe la salvación fuera de la Iglesia, cómo es la relación de la Iglesia con los judíos y con otras religiones, qué pasará con la Iglesia cuando se acabe la historia. También se da pie a cuestiones muy actuales y personales: ¿cómo hablar hoy de la Iglesia? ¿Cabe “sentir” con la Iglesia, identificarse con ella?

* * *

viernes, 8 de septiembre de 2017

Francisco, pontífice de la paz



Con un mensaje de paz y de reconciliación va Francisco a Colombia, en su viaje número 20. Es el tercer Papa que visita ese país después de Pablo VI (1968) y Juan Pablo II (1986). Le acogen cuatro ciudades. Bogotá, capital del país y sede cardenalicia. Villavicencio, de gran valor ecológico y puerta de entrada a una región especialmente afectada por el conflicto armado ahora en vías de resolución, tras el acuerdo del 12 de noviembre. Medellín, destacada por la presencia eclesial y como símbolo del narcotráfico. Cartagena, que guarda los restos de san Pedro Claver, cuya memoria está unida a la historia de la esclavitud, y que cuenta con una gran presencia de afrocolombianos.

En su videomensaje el Papa explica el lema de la visita: “Demos el primer paso”. Se refiere a la paz que tanto trabajo va costando conseguir. Augura “una paz estable, duradera, para vernos y tratarnos como hermanos, nunca como enemigos”. Y subraya su fundamento: “La paz nos recuerda que todos somos hijos de un mismo Padre que nos ama y nos consuela”.

Ya en su exhortación programática sobre “la alegría de evangelizar” (2013), Francisco señalaba que la paz no se puede reducir a una ausencia de violencia, sobre todo si es impuesta por unos pocos con perjuicio de los más pobres y débiles; o a una ausencia de guerra, en equilibrio inestable. La verdadera paz no puede ser una paz meramente negociada, sino solo un fruto del desarrollo integral de todos.

Y citaba unas palabras de la Congregación para la doctrina de la fe: “La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos” (Instrucción Libertatis nuntius, 1984).


(publicado en "La Razón", 8-IX-2017)

miércoles, 26 de julio de 2017

Jesucristo en el centro de la educación de la fe

B. E. Murillo, La resurrección del Señor (1650-1660)

En un mensaje al Simposio internacional de catequética, celebrado en Buenos Aires del 11 al 14 de julio, el Papa Francisco ha señalado exactamente el centro de la educación de la fe: “Cuanto más toma Jesús el centro de nuestra vida, tanto más nos hace salir de nosotros mismos, nos descentra y nos hace ser próximos a los otros”.

En el citado Simposio ha intervenido Monseñor Luis Ladaria, actual prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. En su exposición ha subrayado que Cristo es el centro de la fe porque es el único y definitivo mediador de la salvación, al ser “testigo fiel” (Ap. 1, 5) del amor de Dios Padre. La fe cristiana es fe en ese amor, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo y dominar el tiempo. El amor concreto de Dios Padre que se deja ver y tocar en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, Dios y Hombre verdadero. Ese amor del Padre manifestado en Cristo nos llega a nosotros gracias a que estamos ungidos por el Espíritu Santo desde nuestro bautismo.

En este proceso la resurrección de Cristo ocupa a su vez un lugar central ¿Qué consecuencias “prácticas” tiene esto y cómo nos afecta? ¿Cómo debe comprenderse y vivirse la centralidad de Cristo en la educación de la fe?

martes, 20 de junio de 2017

Corazón de misericordia

(reproducimos aquí con pequeños cambios la entrada publicada en junio del año pasado)

Junio es el mes del Corazón de Jesús, y por tanto, aquí “tocaba fondo” el Año de la misericordia. En el retiro espiritual que el Papa Francisco impartió con ocasión del jubileo sacerdotal (2-VI-2016), la víspera de la fiesta del Corazón de Jesús, explicaba qué es la misericordia de Dios y cómo nos va cambiando en personas misericordiosas.

La misericordia aparece ante todo como atributo de Dios (el nombre de Dios es misericordia), de sus “entrañas maternas” y de su fortaleza y fidelidad paterna. También como fruto de la Alianza con su Pueblo elegido. Y esto nos llega en el perdón de nuestros pecados por el sacramento de la Confesión o de la Penitencia.

La misericordia se derrama, explica Francisco, por dos vertientes: la misericordia de Dios con nosotros y nuestra misericordia con los demás, que nos conduce siempre a recibir de nuevo, con un espléndido efecto “boomerang”, la misericordia de Dios. Dos vertientes, y al mismo tiempo, una sola fuerza unitiva, la mayor fuerza unitiva que atraviesa la vida espiritual.

Tres sugerencias iniciales apunta el Papa para la oración sobre la misericordia: saborear con gusto lo que Dios nos concede, para agradecerle sus dones; evitar una excesiva intelectualización de la misericordia (que está hecha para la acción, para el servicio y para ayudar a los demás); pedir la gracia de crecer en misericordia, es decir, de ser más capaces de recibir y dar misericordia. Y en esta línea y como consecuencia, pide el Papa también la “conversión institucional, la conversión pastoral”.

Sigamos ahora el desarrollo de cada una de las tres meditaciones.

domingo, 18 de junio de 2017

Evangelización con los más pobres


Dextera Domini (diestra o mano derecha del Señor), pintura mural del s. XII

Con un importantes mensaje titulado “No amemos de palabra sino con obras” (13-VI-2017), el Papa Francisco ha instituido la “Jornada mundial de los pobres”, que se celebrará este año, por vez primera, el 19 de noviembre de 2017.

Se trata, afirma en la introducción, de “un imperativo que ningún cristiano puede ignorar”, sobre todo teniendo en cuenta el contraste “entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos”. Así de claro lo dice Francisco: “El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres”.

No se trata de un mero sentimiento de compasión más o menos auténtico que surge de nosotros; sino de una respuesta de amor a la entrega de Jesús por nosotros, que comienza por la acogida de la gracia de Dios, de su caridad misericordiosa, de manera que nos transforme por dentro, que nos mueva a las obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.

jueves, 8 de junio de 2017

Las bienaventuranzas, retrato de Cristo y del cristiano

J. Tissot, El Sermón de las bienaventuranzas (1886-1896)


El Espíritu Santo, ha señalado el Papa Francisco, es espíritu de unidad y diversidad, de fraternidad y de libertad, de perdón, misericordia y renovación (cf. Homilía en Pentecostés, 4-VI-2017). Con la celebración de su venida se consuma el tiempo de la Pascua cristiana. Es esta una buena ocasión para poner de relieve un aspecto fundamental en la preparación del sínodo sobre los jóvenes (octubre de 2018). Se trata de las bienaventuranzas, camino que Francisco ha querido subrayar en las Jornadas mundiales de la juventud de 2014 al 2016, y que brilla en los santos, sobre todo en María.

Si buscamos el término “bienaventuranza” en el diccionario del español, encontramos tres significados: según la religión cristiana, la vista y posesión de Dios en el cielo; según la predicación de Cristo en los evangelios, cada una de las ochos fórmulas de felicidad espiritual que Él manifestó a sus seguidores como ideal de vida; felicidad humana en relación con la prosperidad.

Los tres significados tienen algo en común: la relación con la felicidad. Ahora bien, la idea que se tiene de la felicidad puede ser muy distinta. Pero todos aspiramos a una vida feliz (o lo más feliz posible), es decir, a una vida sin deficiencias ni límites. Es lo primero que consideramos. Pasamos luego al significado profundo y primero de las bienaventuranzas del evangelio para los cristianos: el rostro de Cristo y a partir de ahí el rostro del cristiano; y en consecuencia, su significado para la antropología y la ética en perspectiva cristiana. Finalmente consideramos el valor y la relevancia de las bienaventuranzas en nuestra situación actual.

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