viernes, 30 de septiembre de 2011

La auténtica reforma de la Iglesia

El Greco, La resurrección (1599-1604), museo del Prado


Benedicto XVI se reunió en el Konzerthaus de Friburgo con los católicos alemanes comprometidos en diversas iniciativas de acción social (25-IX-2011). Les dijo que hoy la Iglesia –institución de salvación– necesita redescubrir su auténtica misión. Para ello, ha de evitar la mundanización (separarse de lo mundano: es decir, de lo que en el mundo se opone a Dios), concretamente por tres motivos: la presión del ambiente externo, la fidelidad a su propia vocación y las exigencias de la caridad.


Lo primero que hay que cambiar

      Primero, la Iglesia debe “desmundanizarse”, para no dejarse llevar por las pretensiones y condicionamientos sociológicos.

     Ante la actual situación de disminución de la práctica religiosa y de distanciamiento de muchos bautizados respecto a la Iglesia, cabe preguntarse: ¿No debe cambiar la Iglesia, adaptándose al tiempo presente para llegar a las personas que la necesitan?

      A este propósito relató cuando a la beata Madre Teresa le preguntaron por lo primero que debería cambiar en la Iglesia. “Su respuesta fue: usted y yo”. Así es, dice Benedicto XVI, porque la Iglesia somos todos los bautizados (no sólo la jerarquía, el Papa y los obispos). Y “cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua”.

      Con otras palabras, añadía: la Iglesia ha de cambiar no primeramente para restaurarse como un edificio, o para enderezar el rumbo en su camino; sino ante todo en razón de su misión: “la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión”. Una misión que implica tanto la experiencia o el testimonio personal de los apóstoles (cf. Lc 24, 48), como las relaciones que han de establecer: "Haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28, 19); como también el mensaje universal que han de transmitir: "Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15).

      Y mirando a la realidad, señala el Papa: “Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje”. Por eso señala la necesidad de que la Iglesia “se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima” (Pablo VI, Eclesiam suam, 24). Este es el primer motivo por el que la Iglesia “debe en cierta medida ser desmundanizada”.


La fidelidad a la misión

      En segundo lugar, la Iglesia debe “desmundanizarse” para ser fiel a su misión, que consiste en continuar y hacer presente ––aquí y ahora, en cada momento histórico– la Encarnación del Hijo de Dios, para difundir su amor y ofrecerlo al mundo. Con tal fin, “la Iglesia debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo y dedicarse a ellas sin reservas”.

      De nuevo el Papa mira a la realidad: “En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta, sin embargo, también una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura”. (Es esta una segunda causa de mundanización, que no viene de fuera, sino de dentro de la Iglesia misma).

      En un cierto sentido, observa Benedicto XVI, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización (asociadas a expropiaciones de bienes, cancelación de privilegios, etc.), que han contribuido a su purificación y reforma interior, y de esta manera han hecho más creíble su actuación misionera.

     La verdadera apertura al mundo consiste en esto: “La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad”.

      Pues bien, “mediante este estilo de apertura al mundo, propio de la Iglesia, queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado”. No se trata de “una nueva táctica”, sino de buscar “la plena sinceridad”, “la plena identidad”, “quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos”. Y ello supone mostrar de nuevo la verdadera exigencia cristiana, el escándalo de la Cruz, que ha quedado desgraciadamente ensombrecido por “los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe”, y escondido “detrás de la ineptitud de sus mensajeros”.


La caridad, síntesis y fruto de la misión

     Y así llegamos al tercer motivo para evitar la mundanización, que no significa separarse del mundo sino todo lo contrario. El motivo definitivo es el de la caridad; es decir, el amor de a Dios y al prójimo, que están íntimamente relacionados. La caridad es la síntesis y el fruto de la misión de la Iglesia. “Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a los que los ayudan–, precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana”, pues la caridad es esencial a la Iglesia (cf. Enc. Deus caritas est, n. 25).

     Una mirada a la realidad indicaría la verdad de esa aparente paradoja: para que la Iglesia esté realmente abierta a las necesidades del mundo, ella debe “desmundanizarse”; sólo así puede testimoniar, con palabras y obras, aquí y ahora, el amor de Dios. Ahora bien, reconoce el Papa, para la Iglesia como comunidad y para cada cristiano, servir con la sencillez de un gran amor en el mundo es “al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo”.

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 La participación de los cristianos laicos en la misión de la Iglesia

     A la luz de estas lecciones de la experiencia histórica, que ofrece Benedicto XVI a la Iglesia, cabe subrayar la parte que cada uno de los cristianos, especialmente los cristianos laicos, pueden incorporar a sus vidas.

     Primera lección: ante la presencia del pecado en el mundo (lo mundano), se requiere una intensa vida cristiana, hecha de conversión permanente y testimonio (coherencia) personal (oración, sacramentos), también para no dejarse contagiar por el secularismo (vivir “como si Dios no existiese”).

     Segunda: ante la preocupación excesiva por la organización e institucionalización eclesiástica, conviene recordar las “dos tentaciones” de las que Juan Pablo II prevenía a los fieles laicos: por una parte, centrarse excesivamente en las tareas intraeclesiales (que sin duda son necesarias), descuidando sus responsabilidades en el mundo profesional y cultural, económico y político; por otra parte, legitimar la separación entre la fe y la vida corriente (cf. Christifideles laici, n. 2).

     De ahí que, siguiendo los consejos de Benedicto XVI, convenga redescubrir la importancia del servicio a los demás, siendo competentes en la propia tarea (condición para ordenar las realidades terrenas al Reino de Dios), usando sobriamente los bienes temporales, transformando la sociedad desde la unidad de vida que brota de la autenticidad cristiana, y con la fuerza “escandalosa” de la Cruz.

     Tercera: ante el imperativo de la caridad, la urgente necesidad de mostrar, con hechos y de verdad, que el centro del mensaje cristiano es el amor a Dios y al prójimo. Sin esto no se realiza la misión de la Iglesia, por no decir que el mundo no se sostiene. Por eso un cristiano o una familia cristiana se replantean a diario cómo pasar del amor como simple palabra, fácil de pronunciar, al amor vivido con hechos. Dostoyevski decía que el amor en sueños es romántico, pero en la realidad exige la vida. Ahí está el reto.





(publicado en www.analisisdigital.com, 29-IX-2011)

lunes, 26 de septiembre de 2011

La memoria cultural de Europa

Dios, razón, derecho

 Puerta de Brandemburgo (Berlín)


El que algunos consideran como tercer discurso más importante de Benedicto XVI en el ámbito intelectual (después de los de Ratisbona y París), dirigido a los parlamentarios en el Bundestag (22-IX-2011) trata acerca de los fundamentos del derecho. Puede dividirse en tres partes: los criterios para establecer lo justo; las ideas positivistas; el redescubrimiento de la naturaleza y de la razón creadora. 


¿Cuáles son los criterios para establecer lo justo?

     La política debe guiarse por la sabiduría y la justicia. De otra manera se suprime el derecho, y los políticos se convertirían, según San Agustín, en un grupo de bandidos. Esto sucedió en la Alemania del siglo XX, con el riesgo de destruir al hombre y al mundo. Entonces, se pregunta el Papa, “¿cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente?”.

      Enuncia sucesivamente tres criterios. Primero, el criterio de la mayoría, válido para muchas materias, pero no para las cuestiones fundamentales (como la dignidad del hombre), porque (como sucedió entonces) el derecho vigente puede ser una injusticia. Segundo, el criterio religioso, la referencia a una revelación divina (muy frecuente en la historia). Tercero: la naturaleza y la razón, criterio que ha seguido el cristianismo: “El cristianismo se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios”. 

 
 

 Las ideas positivistas (acerca de la naturaleza y la razón)

     En la segunda mitad del siglo XX, la idea del derecho natural pierde vigencia fuera del ámbito católico. Esto sucedió porque el positivismo separó el “ser” del “deber”. Y lo hizo sobre la base de sus ideas acerca de la naturaleza y de razón. Si la naturaleza se entiende como "un conjunto de datos objetivos, unidos los unos a los otros como causas y efectos" (Kelsen), de ahí no se deduce ningún criterio ético. Lo mismo vale para la difundida noción positivista de la razón, según la cual lo que no es verificable (como la ética y la religión) no entra en el ámbito de la razón o de la ciencia.

      Si “la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana”, no es suficiente. Además, en la medida en que niega (de modo exclusivista e intolerante, irracional e inhumano) las dimensiones más profundas del hombre, se vuelve contra la humanidad, puede manipularla y destruirla. Es un hecho histórico comprobado y una amenaza también actual.

      Esto es, según Benedicto XVI, lo que está sucediendo en Europa. Pero, paradójicamente, con ello “Europa se sitúa, ante otras culturas del mundo, en una condición de falta de cultura y se suscitan, al mismo tiempo, corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivista y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, y sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los ‘recursos’ de Dios, que transformamos en productos nuestros”. 

 

Ecología y apertura a la razón creadora


     La solución pasa por “abrir las ventanas”, ver de nuevo la inmensidad del mundo, “aprender a usar todo esto de modo justo”, recuperar la grandeza de la razón y la profundidad de la naturaleza, que nos puede abrir a la razón creadora.

      El movimiento ecologista llamó la atención hacia el respeto a la naturaleza, que no existe sólo en función de nuestro uso. (Naturaleza que, por cierto, en el diccionario del castellano se define no sólo como conjunto del universo, sino ante todo como “esencia y propiedad característica de cada ser”). Esto incluye primero, dice el Papa, el valor de una “ecología del hombre”, que no es sólo libertad, espíritu y voluntad, sino también naturaleza.

      Kelsen, el teórico del positivismo jurídico, a la edad de 84 años (en 1965) abandonó la separación o el dualismo entre “ser” y “deber”. Antes había dicho que las normas podían derivar solamente de la voluntad; por tanto, la naturaleza podría contener en sí normas sólo si una voluntad hubiese puesto estas normas en ella. Esto –seguía diciendo Kelsen– supondría un Dios creador, cuya voluntad ha entrado en la naturaleza; pero "discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vana". Y aquí Benedicto XVI se pregunta “¿Es así verdaderamente?”

      De hecho tal reflexión está en los pilares del patrimonio cultural europeo: “Sobre la base de la convicción acerca de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la comprensión de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y la conciencia de la responsabilidad de los hombres en su conducta”. Y de esto deben extraerse consecuencias: “Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad”.

      Históricamente “la cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma – del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma”. Pues bien: “Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”. Y esto significa asumir “la razón abierta al lenguaje del ser”. 


     Este discurso de Benedicto XVI es, en continuidad con la apelación de Juan Pablo II, una llamada de atención a redescubrir las raíces de Europa. Es el camino para seguir sirviendo al auténtico progreso del hombre de modo realista, también en el contexto contemporáneo, de acuerdo con la naturaleza y con la razón. Por eso, efectivamente, allí donde se reconoce a Dios es donde hay futuro.


(publicado en www.cope.es, 26-IX-2011) 


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Himno de la Unión Europea

domingo, 25 de septiembre de 2011

El don más bello

La Iglesia: vivir en Cristo

José de Ribera, La Trinidad (h. 1635)
Museo del Prado
 

¿Qué es la Iglesia y cuál es su misión? En el Olympiastadion de Berlín (22-IV-2011), Benedicto XVI lo ha explicado partiendo de la parábola de la vid y los sarmientos.


La Iglesia: comunidad de vida con Cristo

     Los sarmientos pertenecen a la vid, y, por eso mismo se pertenecen unos a otros. Esto “no entraña un tipo cualquiera de relación teórica, imaginaria, simbólica”, sino en cierta manera “un pertenecer a Jesucristo en sentido biológico, plenamente vital”. Y es que “la Iglesia es esa comunidad de vida con Él y de uno para con el otro, que está fundada en el Bautismo y se profundiza cada vez más en la Eucaristía”. Por tanto “Yo soy la verdadera vid" significa realmente: "Yo soy vosotros y vosotros sois yo”.

     Un día, camino de Damasco, para apresar a los cristianos, Jesús detuvo a Saulo y le preguntó: “¿Por qué me persigues”. Y Saulo entendió que quien persigue a Jesús, persigue a los cristianos, que forman una realidad viva, un solo cuerpo con Él. En Alemania, donde se originó la Reforma protestante y actualmente se produce una gran descristianización, donde los católicos son minoría, el Papa traduce directamente lo que le pasó a Saulo: “Por tanto, es Jesús quien sufre las persecuciones contra su Iglesia. Y , al mismo tiempo, no estamos solos cuando nos oprimen a causa de nuestra fe. Jesús está con nosotros”. La Iglesia es la comunión de vida con Cristo. 


La misión de la Iglesia

      Jesús dice: "Yo soy la vid verdadera, y el Padre es el labrador" (Jn 15, 1) que poda los sarmientos para que den fruto y elimina los que están secos. Esto significa, según el Papa, que “Dios quiere arrancar de nuestro pecho el corazón muerto, de piedra, para darnos un corazón vivo, de carne” (cf. Ez 36, 26). Cristo ha venido para darnos vida y fuerza a nosotros, débiles y pecadores (cf. Lc 5, 31s). Por eso el Concilio Vaticano II llama a Iglesia “sacramento universal de salvación" (LG 48) (es decir, signo e instrumento de salvación). Esta es, resume Benedicto XVI, “la verdadera y gran misión de la Iglesia, que le ha sido confiada por Cristo”.

      No todos entienden la naturaleza de la Iglesia y su misión. Algunos –continúa– la miran quedándose en su apariencia exterior; la consideran “únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la ‘Iglesia’. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, grano y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y profundo de la Iglesia”.

      De esa visión no brota ya la alegría de pertenecer a esta vid: “La insatisfacción y el desencanto se difunden si no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la ‘Iglesia’ y los ‘ideales sobre la Iglesia’ que cada uno tiene”. Y surge la tentación de separarse de la vid, con el resultado de quedar seco y ser destinado al fuego (cf. Jn 15, 6). Una opción de dramáticas consecuencias. (En Alemania muchos han tomado el camino de la apostasía, separándose de la Iglesia). 


Permanecer en la Iglesia es permanecer con Cristo

     En cambio, el que permanece con Cristo bebe del agua viva y se fortalece: "En cualquier necesidad y aridez, Él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento y, en definitiva, nos purifica y transforma misteriosamente en vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente. Pero sabemos que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida”.

     Así pues, “lo importante es que permanezcamos’ en la vid, en Cristo”. Nota el Papa que, en ese breve pasaje, el evangelista destaca la palabra "permanecer" una docena de veces. Y añade Benedicto XVI: “En nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad es frágil y efímera; en el que desearíamos gritar, en medio de nuestras necesidades, como los discípulos de Emaús: ‘Señor, quédate con nosotros, porque anochece (cf. Lc 24, 29), porque las tinieblas nos rodean’; el Señor resucitado nos ofrece aquí un refugio, un lugar de luz, de esperanza y confianza, de paz y seguridad. Donde la aridez y la muerte amenazan a los sarmientos, allí en Cristo hay futuro, vida y alegría”.

      Como contenido central de su explicación, subraya el Papa alemán: “Permanecer en Cristo significa, como ya hemos visto, permanecer también en la Iglesia. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. En Cristo, todos nosotros estamos unidos. En esta comunidad, Él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. Ellos resisten juntos a las tempestades y se protegen mutuamente. Nosotros no creemos solos, sino que creemos con toda la Iglesia”. 


"El don más bello de Dios"

      Y retomando desde el principio su explicación, recuerda que la Iglesia es la vida que tenemos los cristianos con Cristo. En términos de Pío XII, la Iglesia es “la plenitud y el complemento del Redentor” (Cuerpo místico). Con palabras de Benedicto XVI, la Iglesia es mensajera de la Palabra de Dios y dispensadora de los sacramentos, prenda de la vida divina y mediadora de los frutos de la vid. Utilizando una breve y sorprendente expresión, afirma: “la Iglesia es el don más bello de Dios”. Y cita a San Agustín: “En la medida en que uno ama a la Iglesia de Cristo, posee el Espíritu Santo”.

      Se trata de un argumento que Joseph Ratzinger viene empleando desde los años setenta: permanecemos en la Iglesia porque sólo así permanecemos plenamente en Cristo, porque ella es nuestro hogar y quien nos educa en la belleza, y así podemos llevar la vida verdadera al mundo.

     Fue en Alemania donde, en los años 30 del siglo XX, se quiso suprimir a Dios, con la consecuencia trágica de suprimir al hombre. Y el lema de esta visita pastoral es: “Donde está Dios, allí hay futuro”.

     La homilía en Berlín concluye: “Quien cree en Cristo, tiene futuro. Porque Dios no quiere lo que es árido, muerto, artificial, lo que al final es desechado, sino que quiere las cosas fecundas y vivas, la vida en abundancia”.
(Publicado en www.religionconfidencial.com, 24-IX-2011)

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La oración en la familia de Dios

 
El Greco, La agonía en Getsemaní (h. 1590)
Museo de arte, Toledo (Ohio)

El Greco contempló la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní, ese momento de particular intensidad en la oración del Señor. Ahí se condensa, por decirlo así, su amor y obediencia al Padre para el bien de la humanidad; y, por tanto, su disposición a tomar en sus manos el cáliz amargo de la Pasión, que sostiene el ángel. Éste aparece con la túnica dorada de la gloria, también para consolarle.

      La luz de la luna hace brillar la figura de Jesús, ensalzada por la roca que le cubre. Hay una diagonal que baja desde el ángel hasta Jesús y desemboca en los soldados que se disponen a prenderle (abajo a la derecha). Todo ello como expresión de la voluntad del Padre que Jesús está abrazando, en la unidad de amor del Espíritu Santo.

      Bajo el ángel, arrebujados en sus vestidos, están los apóstoles, cercanos pero soñolientos y como empequeñecidos. Han dejado solo al Señor, a pesar de su petición: “Velad y orad”.

      La túnica exterior de Jesús, de color azul, cae al suelo como para indicar su humillación (“kénosis”), el dejar su poderío divino; así queda de relieve el sacrificio (la túnica interior, roja) que Jesús lleva a cabo en su pasión y muerte: su ofrenda al Padre y su servicio salvador a todas las personas del mundo.


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El "misterio de las dos voluntades"

     La oración cristiana vive de la oración de Cristo. Como muchos antes que él, Benedicto XVI contempla especialmente, en el volumen segundo de su libro "Jesús de Nazaret", la oración del Señor en el Huerto de Getsemaní, al comienzo de su pasión.

      Según el Evangelio de San Marcos, Jesús rezó, caído en tierra, de esta manera: “Abbá, Padre; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú” (14, 36). El Evangelio de San Juan recoge otras palabras paralelas pronunciadas el Domingo de Ramos: “”Padre, líbrame de esta hora (…). Padre, glorifica tu nombre” (12, 27s).

      Observa Joseph Ratzinger que aquí aparece una contraposición entre dos voluntades: la “voluntad natural” de Jesús como hombre, que se resiste a sufrir; y su voluntad como Hijo que se abandona a la voluntad del Padre.

      Según el Papa, las palabras que recoge San Juan iluminan el misterio de estas “dos voluntades”, pues ponen de relieve la conciencia que Jesús tenía de su misión. Misión que, en último término tiene como fin que Dios sea glorificado (conocido y amado por el hombre, no sólo como desde fuera, sino participando de su vida íntima: en eso consiste, según San Ireneo, propiamente la “vida” del hombre). 

      Escribe Benedicto XVI: “Jesús pronunció las dos peticiones, pero la primera, la de ser ‘librado’, se funde con la segunda, en la que ruega por la glorificación de Dios en la realización de su voluntad; así el conflicto en lo más íntimo de la existencia humana de Jesús se recompone en la unidad” (p. 186). Esto es una importante afirmación, porque apunta a la resolución de ese “misterio de las dos voluntades”, que, de esta manera, no quedan como yuxtapuestas en paralelo, sino unificadas por la obediencia (amorosa) de Jesús.

      Y se pregunta el Papa si bastaría, entonces, decir que esta oración de Jesús implica una distinción entre la voluntad del hombre Jesús y su voluntad como Dios (así se ha visto con frecuencia). El Concilio de Calcedonia (451) estableció que en la única Persona del Hijo de Dios se unían las dos naturalezas, la humana y la divina “sin confusión ni división”. Hoy, señala Benedicto XVI, conviene explicar más profundamente ese misterio, dejar más claro que la voluntad de Jesús no queda absorbida por la de Dios; pues, de ser así, Jesús quedaría como un hombre sin voluntad, dejaría de ser hombre. 



Jesús se identifica con la voluntad del Padre

      Ya en el siglo VII San Máximo el Confesor explicó que la voluntad humana o “natural” de Jesús permanecía como tal, y al mismo tiempo asumía la voluntad divina. Con ello la voluntad humana alcanza su cumplimiento, y no su destrucción. En el pecador, su voluntad natural se resiste a unirse con la voluntad de Dios, y en esa medida esclaviza al propio hombre y lo empequeñece.

      Pues bien, según Benedicto XVI, la voluntad herida del hombre queda restaurada por Jesús: “Jesús restaura la voluntad natural del hombre (…) y restablece así al hombre en su grandeza” (p. 190).

      De esta manera la petición “no se haga mi voluntad sino la tuya”, no manifiesta sin más la oración del “hombre” ante “Dios”; sino que “es realmente una oración del Hijo al Padre, en la que la voluntad natural humana ha sido llevada por entero dentro del Yo del Hijo (…). Pero este ‘Yo’ ha acogido en sí la oposición de la humanidad y la ha transformado, de modo que, ahora, todos nosotros estamos presentes en la obediencia del Hijos, hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos” (p. 191). Y esto queda subrayado por el hecho de que Jesús empleara la palabra Abbá, con la que los niños judíos se dirigían al padre de familia (pero en modo alguno a Dios), lo que revela la última esencia de la relación entre Jesús y su Padre. 



 Jesús se ofrece como sacerdote, para darnos la verdadera vida

      Así se entiende bien lo que afirma la Carta a los Hebreos sobre la oración de Jesús en Getsemaní, al decir que Cristo rezó al Padre “a gritos y con lágrimas” (5, 7). Este gritar y suplicar significa, según Benedicto XVI, que Jesús ejerció así su sumo sacerdocio: su obediencia es la que consumó su consagración sacerdotal: “Precisamente en esto, en su auto-donación, (…) Cristo se ha convertido en sacerdote en el verdadero sentido” p. 194).

       La Carta a los Hebreos añade: “… y por su actitud reverente fue escuchado”. Esto quiere decir, para Joseph Ratzinger, no sólo que el Padre envió al ángel para que lo confortara, sino y sobre todo, que lo resucitó. Más aún: no sólo lo salvó personalmente de las consecuencias de la muerte, sino que convirtió la muerte de Jesús en una muerte “por los otros”. Y así la cruz se convirtió en el camino para la gloria de Dios, que es vida de los hombres:

      “Desde la cruz viene a los hombres una vida nueva. En la cruz, Jesús se convierte en fuente de vida para sí y para todos. En la cruz, la muerte queda vencida. El que Jesús fuera escuchado afecta a la humanidad en su conjunto: su obediencia se convierte en vida para todos” (p. 196).

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Esta interpretación de la oración de Getsemaní ilumina la comprensión y vivencia de la oración. Apuntemos aquí tres consecuencias, en relación con la Iglesia, la oración cristiana y la oración misma de Jesús. 



La misión de la Iglesia: gloria de Dios y salvación de los hombres

      El misterio de las “dos voluntades” (de Jesús, como hombre que pide ser salvado y como Hijo, que quiere la gloria del Padre) representa los dos aspectos de la misión de la Iglesia: la salvación de los hombres y la gloria de Dios; aquí se ve que no son dos fines yuxtapuestos. Dios no es un contrincante del hombre, sino su Padre, su creador y su redentor, el que le hace posible vivir plenamente. La salvación del hombre, su vida verdadera, no está “al lado de” y mucho menos “contra” la gloria de Dios; sino que consiste precisamente, como dice San Ireneo, “en” la gloria de Dios. 



La oración del cristiano no es individualista; siempre acontece en la familia de Dios

      De ahí también que cuando un cristiano reza auténticamente, su oración no es en modo alguno individualista o intimista; al contrario, se abre a la oración de la Iglesia entera (que nace y vive de la oración de Jesús), familia de Dios. Por eso la oración de cada cristiano ha de configurarse según la “escuela” de la oración litúrgica (la celebración de la Misa y de los otros sacramentos, y la Liturgia de las Horas). El modelo y el corazón de la oración es siempre la oración del Hijo ante su Padre, intercediendo y ofreciéndose por sus hermanos.

      A este propósito conviene recordar otra oración de Jesús a su Padre, que recoge la Carta a los Hebreos: “Me preparaste un cuerpo; (…) aquí vengo (…) para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7; cf. Ps 40, 7). Aquí se manifiesta la actitud sacerdotal de Jesús durante toda su vida (no solamente en su pasión y muerte). Participando de esta actitud, la oración en la vida ordinaria del cristiano (en medio de sus tareas familiares, profesionales y sociales) es manifestación de su “alma sacerdotal” (en palabras de San Josemaría Escrivá).

      El “cuerpo” del que Jesús habla no es sólo su Cuerpo como hombre, sino también su Cuerpo místico, es decir la Iglesia, al que están llamados todas las personas del mundo, particularmente los más sufrientes y necesitados. La Trinidad ha preparado para Cristo ese cuerpo que es la Iglesia, para que, especialmente a través de los cristianos laicos, la vida de Cristo se encarne y vivifique todas las realidades humanas. 



El Espíritu Santo, protagonista íntimo de la oración en el Cuerpo místico  

     En la oración misma de Jesús cabría subrayar la acción del Espíritu Santo. Pues, en efecto, el Espíritu es el que, en último término, actúa de modo que la voluntad humana de Jesús se identifique con la de su Padre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 475). El Espíritu Santo es también quien unifica y vivifica, por el amor, a todos los cristianos en el Cuerpo místico de Cristo. Y, por tanto, es el que hace, más allá de nuestros pobres esfuerzos pero contando con ellos, que nuestra oración sirva a la gloria de Dios (el resplandor de su amor) y al bien de todos los hombres. 


(una primera versión se publicó en www.analisisdigital.com, el 20-IX-2011)

martes, 20 de septiembre de 2011

Sobre la misión del sacerdote en la Iglesia


Un teólogo de la Universidad de Navarra publica un libro sobre la misión del sacerdote en la Iglesia (entrevista)




El volumen, coordinado por Ramiro Pellitero, tiene en su origen en la jornada académica que organizó la Facultad de Teología en 2010 con motivo del Año Sacerdotal, bajo el título 'El sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia'.


Ramiro Pellitero, teólogo de la Universidad de Navarra, ha coordinado el libro La misión del sacerdote en la Iglesia (EUNSA). “La obra se dirige a los sacerdotes y los que se preparan para el sacerdocio, pero también a cualquier persona que deseen ahondar en el papel del presbítero en la sociedad contemporánea, en el valor de su servicio, centrado en la Eucaristía, y dirigido a promover la unidad y la vitalidad de la fe cristiana, y el amor entre las personas”, explica el profesor Pellitero.

     El volumen tiene en su origen en la jornada académica que organizó la Facultad de Teología en 2010 con motivo del Año Sacerdotal, bajo el título 'El sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia'. Recoge las intervenciones correspondientes a esa jornada, seguidos por otros textos que complementan el tema desde diversas perspectivas.
     Las primeras constituyen los cinco primeros capítulos: “Sacerdocio común y sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia” (Pedro Rodríguez), “Identidad del sacerdocio ministerial: la relacionalidad como clave de comprensión” (Santiago del Cura), “La dimensión profética del ministerio sacerdotal” (Rafael Zornoza Boy), “La presidencia litúrgica, elemento constitutivo del ministerio ordenado (Félix María Arocena) y “La unidad de vida en el sacerdote” (Lucas Francisco Mateo-Seco).
     Los segundos son: “‘Ordo Presbyterorum’ y Presbiterios locales” (José Ramón Villar), “La espiritualidad sacerdotal” (Vicente Bosch), “Aspectos fundamentales de la formación para el sacerdocio ministerial” (Tomás Rincón-Pérez), y “La propuesta vocacional como tarea de los sacerdotes” (Ángel Marzoa).

      El profesor Pellitero es capellán de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra y profesor de la Facultad de Teología y del InstitutoSuperior de Ciencias Religiosas (ISCR) del campus pamplonés. Es autor del blog "Iglesia y Nueva Evangelización" (http://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com).


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-En los tiempos que corren, ¿cuál es la misión del sacerdote?
 
La misión del sacerdote se inscribe en la misión de la Iglesia, que consiste en posibilitar el encuentro de Jesucristo con todas las personas. El sacerdote sirve en primer lugar a los cristianos: predica la Palabra de Dios, preside la celebración de los sacramentos (sobre todo la Eucaristía y el perdón de los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia) y promueve la caridad en todos los ámbitos. Como decía el entonces Cardenal Wojtyla
en 1978, el sacerdote se sitúa en el centro del misterio de Cristo, y desde ahí sirve a la verdadera felicidad de los hombres, que sólo puede encontrarse en el amor a Dios y al prójimo.


-En los últimos años ha habido algunos casos de infidelidad a la Iglesia por parte de sacerdotes, como ocurre con los abusos a menores. ¿En qué medida atentan contra la auténtica identidad del sacerdocio? ¿Pueden llegar a ensombrecerla?


Estos abusos cometidos por sacerdotes son, efectivamente, una gran infidelidad a la Iglesia, y antes que nada a las personas que se les confiaron. Y por tanto deben llevar, como ha señalado el Papa, al arrepentimiento sincero, a reparar el daño causado a las víctimas y, por parte de la Iglesia, a un examen de conciencia sobre la formación y la vida de los sacerdotes.

     Ciertamente, estos sucesos ensombrecen la imagen de los sacerdotes, pero no alteran su identidad. Cristo los escoge no porque sean superhombres, perfectos e intachables; sino porque, siendo de carne y hueso, pueden servirle como ministros. El acceso al sacerdocio va unido a la libre opción del que recibe la llamada de Dios. Esto exige del sacerdote una respuesta a lo largo de su vida. Y esa respuesta se apoya en la honradez humana como base de su empeño por la santidad y de su tarea al servicio a todos. Los valores éticos y las virtudes humanas y cristianas brillan en la gran mayoría de los sacerdotes, que se esfuerzan por ser fieles a su misión, desde el principio del cristianismo. Son hombres que no se han sentido “solterones”, sino que, como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer, han vivido y viven como “enamorados del Amor, del Hacedor del Amor” (Forja, n. 38).

-Como acaba de decir, este ministerio es un don para servir a los demás. ¿Cuáles son las mayores dificultades con las que se encuentran los sacerdotes para ponerlo en práctica?


En las familias (la Iglesia es una familia), los padres y madres necesitan también de los demás para criar y educar a los hijos; y, como todas las personas cuando caen enfermas o se hace mayores, necesitan de sus hijos. También los sacerdotes necesitan de Dios y de los demás cristianos a quienes ellos deben servir. Los sacerdotes requieren una vida de amistad con Dios (oración) y una formación adecuada, junto con el cariño y el apoyo necesarios para su ministerio. Es una gran responsabilidad de todos los cristianos rezar por los sacerdotes y no dejarles solos. Y es lógico que la sociedad, como se hace en tantos países, reconozca el servicio que los sacerdotes prestan a la educación, a la convivencia y a la paz.

-¿Cómo ha cambiado el cometido de los sacerdotes a lo largo de estos 2.000 años de historia? ¿En qué aspecto se tiene que poner más énfasis actualmente?


Esencialmente la tarea de los sacerdotes, sin la que no existirían la Iglesia ni los cristianos, siempre ha sido la misma: anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos, promover la caridad. En las diversas épocas y culturas se requiere subrayar unos aspectos u otros. A partir del Concilio Vaticano II, en formulación de Juan Pablo II, se redescubre que “el hombre es el camino de la Iglesia”. Esto quiere decir que la Evangelización se dirige a todos los hombres y mujeres, y afecta a todos los ámbitos -espirituales y materiales- de la vida humana.

     Con otras palabras, el anuncio del Evangelio ha de ir acompañado de la promoción humana, pues la persona es un todo compuesto de cuerpo y espíritu y llamado esencialmente a la relación con los demás. Todo esto lo impulsa el sacerdote desde su “lugar”: predicando, celebrando los sacramentos y orientando la vida cristiana de sus hermanos, y así presta un servicio incomparable a la sociedad entera.

     Hoy se ve necesario subrayar el valor de la adoración a Dios (la oración y el culto principalmente en la Eucaristía) y también la preocupación por las necesidades materiales y espirituales de los demás, precisamente como consecuencia de la oración y del culto; en este sentido es fundamental la Doctrina Social de la Iglesia.

-Una de las aportaciones de nuestra era son las nuevas tecnologías. ¿Cree que pueden ser una herramienta útil para los sacerdotes a la hora de predicar el Evangelio?


Como todos los instrumentos humanos que sirven a la comunicación, estas tecnologías pueden ser muy útiles, en la medida en que ayuden “realmente” y no distraigan o entorpezcan la comunicación entre las personas.

     En la tarea sacerdotal, estos medios pueden extender más lejos y antes la Palabra de Dios, aunque no sustituyen la presencia del sacerdote, particularmente en los sacramentos. Pueden servir a la preparación de la fe y mostrar aspectos de la fe que no se expresan fácilmente sólo con palabras que recubren conceptos; pues la fe afecta a todas las esferas de la persona, que vive y reflexiona a partir de sus experiencias, proyectos e ideales, relaciones familiares y sociales, etc.

     Así, estas tecnologías pueden enriquecer la comunicación del Evangelio por medio de imágenes u otros símbolos; por ejemplo, mostrando los frutos de la vida cristiana en las familias, los trabajos, los acontecimientos y el progreso auténtico de las personas y de los pueblos.



(publicado en www.unav.es, 20-IX-2011)

martes, 13 de septiembre de 2011

Primacía de Dios, Eucaristía y coherencia

Juan de Juanes, La Última Cena

Uno de los más importantes pintores del renacimiento español, Juan de Juanes (h. 1510-1579) es el autor del cuadro “La Última Cena” (Museo del Prado). Recoge lo que constituye el centro de la vida y del mensaje de Cristo, y también del cristianismo. En efecto, partir de la Eucaristía, como ha dicho Benedicto XVI en Ancona (Italia), es un modo de reafirmar la primacía de Dios. Y esto, si se vive la Eucaristía con coherencia, abre a la libertad, al bien y al desarrollo social.

      

La primacía de Dios

      Lo primero es lo primero: la primacía de Dios. Observa el Papa cómo en el Evangelio la promesa de la Eucaristía se hacía “palabra dura” de entender para muchos que dejaron de seguir a Jesús. Se resistían a ese don tan grande, cerrándose en sí mismos para no abrirse a Dios; “porque acoger verdaderamente este don quiere decir perderse a sí mismos, dejarse implicar y transformar, hasta vivir de Él” (cf. Rm 14, 8). Pensaban –como nos sucede a nosotros con frecuencia– que serían más libres sin Dios; cuando “en realidad, sólo en la apertura a Dios, en la acogida de su don, somos verdaderamente libres, libres de la esclavitud del pecado que desfigura el rostro del hombre, y capaces de servir al verdadero bien de los hermanos”.

      También en nuestro mundo, señala Benedicto XVI, muchos han dejado aparte a Dios, o lo toleran como una elección privada que no debe interferir en la vida pública. Y así “ciertas ideologías han intentado organizar la sociedad con la fuerza del poder y de la economía”. Pero “la historia nos demuestra, dramáticamente, que el objetivo de asegurar a todos el desarrollo, el bienestar material y la paz prescindiendo de Dios y de su revelación se ha resuelto en un dar a los hombres piedras en lugar de pan”.

      Es verdad que el pan es “fruto del trabajo del hombre”, pero antes es “fruto de la tierra”, regado por la lluvia del cielo, y, por tanto, don de Dios (como pedimos en el Padrenuestro).

     Y no sólo el pan, sino el hombre mismo y su vida dependen primero de Dios: “El hombre es incapaz de darse la vida a sí mismo, él se comprende solo a partir de Dios”. Por eso, “lo que primero debemos recuperar en nuestro mundo y en nuestra vida es la primacía de Dios, porque esta primacía es la que nos permite volver a encontrar la verdad de lo que somos, y es en conocer y seguir la voluntad de Dios donde encontramos nuestro verdadero bien. Dar tiempo y espacio a Dios, para que sea el centro vital de nuestra existencia”. 



Partir de la Eucaristía

     Segundo, para recuperar y reafirmar la primacía de Dios, el Papa propone partir de la Eucaristía: “Aquí Dios se hace tan cercano que se hace nuestro alimento, aquí Dios se hace fuerza en el camino a menudo difícil, aquí se hace presencia amiga que trasforma”. Jesús se convierte en el verdadero pan de vida (cf. Jn 6,32-35). En la Última Cena “Jesús anticipa el acto de amor supremo, en obediencia a la voluntad del Padre: el sacrificio de la Cruz”. De este modo, aquella ejecución violenta queda transformada en un acto de entrega, que vence a la muerte y restaura la belleza del mundo creado.

     Y aún hay más. Jesús se nos da en la Eucaristía para que cada uno nos impliquemos en ella, haciendo de nuestra existencia una vida plena para Dios y para los demás: “Dios se nos da, para abrir nuestra existencia a Él, para implicarla en el misterio de amor de la Cruz, para hacerla partícipe del misterio eterno del que procedemos y para anticipar la nueva condición de la vida plena en Dios, en espera de la cual vivimos”. 



Coherencia en la vida cotidiana

     Tercero y último punto. La Eucaristía, que reafirma la primacía de Dios, pide la coherencia de la vida cotidiana. Para empezar, la Eucaristía “nos arranca de nuestro individualismo, nos comunica el espíritu del Cristo muerto y resucitado, nos conforma a Él; nos une íntimamente a los hermanos en ese misterio de comunión que es la Iglesia” (cf. 1 Co 10,17). Por tanto "una Eucaristía que no se traduzca en amor concretamente practicado está fragmentada en sí misma" (Deus caritas est, 14).

     Ese amor “concreto” se debe traducir en responsabilidad por el desarrollo que tiene por centro a la persona, “especialmente cuando es pobre, enferma o desgraciada”; y, por tanto, en rechazar la indiferencia ante los necesitados: “Quien sabe arrodillarse ante la Eucaristía, quien recibe el cuerpo del Señor no puede no estar atento, en la trama ordinaria de los días, a las situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse en primera persona hacia el necesitado, sabe partir su pan con el hambriento, compartir el agua con el sediento, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado”.

     Por eso, sostiene Benedicto XVI que “una espiritualidad eucarística, entonces, es verdadero antídoto contra el individualismo y el egoísmo”: lleva a mejorar las relaciones en las familias; superar los conflictos que disgregan la unidad de la Iglesia y su misión; conciliar el trabajo con el descanso y la atención a la familia; comprometerse para resolver el problema del paro; acoger y ayudar a los más frágiles en la sociedad; afrontar una “nueva capacidad educativa” que testimonie los valores espirituales y culturales; gastarse a favor de “una sociedad más justa y fraterna”.

      Y concluye sabiamente, con toda la tradición cristiana y el Concilio Vaticano II: se trata de “que la vida cotidiana se convierta por tanto en el lugar del culto espiritual”. De esa manera se abre para todos la posibilidad de participar de la vida de Cristo y su entrega a los hombres como ofrenda al Padre (cf. Sacramentum caritatis, 71).

     Una ayuda más para volver sobre los contenidos centrales del mensaje del Papa, reciente aún su visita para la JMJ, y preguntarse si explicamos, y sobre todo vivimos así los cristianos: desde el centro de la Eucaristía, primero Dios y, como consecuencia, bien real, el compromiso por los demás. No es nada complicado. Es, sencillamente, el Evangelio. 






(publicado en www.cope.es, 13-IX-2011)

lunes, 12 de septiembre de 2011

La verdadera pureza

Tintoretto, El lavatorio (h. 1547)

“El Lavatorio” de Tintoretto es un cuadro de escuela veneciana, pintado hacia 1547, que se puede contemplar en el Museo del Prado. Representa la escena que narra San Juan (13, 3 ss.), cuando Jesús lava los pies a sus discípulos, también a Pedro. Éste se resiste al principio, pero enseguida rectifica. Después el Señor les propone que sigan ese ejemplo, y se laven los pies entre ellos. Esto suele interpretarse diciendo que el lavatorio, en primer lugar, expresa la purificación que necesitaban los discípulos, realizada por el misterio de la muerte de Jesús. En segundo lugar, expresa el ejemplo de humildad que Jesús propone a los discípulos. Agunos autores dicen que lo segundo sería una añadidura “moral” a lo primero, e incluso podría oscurecerlo.

      En realidad se trata de dos aspectos muy unidos. Y esto se ve cuando Jesús enuncia su mandamiento nuevo: “Ama
os los unos a los otros como yo os he amado” (v. 34). Pero ¿qué quieren decir propiamente estas palabras?


La purificación que necesitamos

      Comencemos con la purificación o la pureza. Hay dos modos de entender reductivamente la pureza que necesitamos los hombres para unirnos a Dios. Primero, el camino que tomaron las religiones antiguas: habían sentido vivamente la necesidad de purificarse y la resolvieron por medio de una serie de ritos (en la religión judía, por medio de sacrificios de animales). Segundo, para Plotino y después muchos de sus seguidores filósofos (lo que queda en buena parte de la ética oriental), la purificación del hombre consistiría más bien en irse separando de las realidades materiales de este mundo, considerándolas inferiores y despreciables, para ir ascendiendo hasta la unión con el espíritu absoluto.

      Esto lo desarrolla Benedicto XVI en el volumen segundo de su libro Jesús de Nazaret (cap. 3). Sostiene que, según la fe cristiana, lo que nos purifica es el amor de Jesús, que supera los sacrificios de los animales. Además, Jesús no renuncia en modo alguno a su cuerpo, sino que realiza su obra redentora precisamente como Dios encarnado.

      Todo ello, por cierto, tiene una gran importancia para comprender en qué consiste la vida cristiana (vivir la misma vida de Cristo) y cómo la santidad se lleva a cabo en y por medio de las tareas ordinarias familiares, profesionales, culturales. 


     Sin embargo, incluso dentro del cristianismo se han dado malentendidos, como señala el Papa: “”La espiritualidad del siglo XIX ha vuelto a convertir en unilateral el concepto de pureza, reduciéndolo cada vez más a la cuestión del orden en el ámbito sexual, contaminándolo también nuevamente con la desconfianza respecto a la esfera material y al cuerpo”. Y aquí viene lo importante: en la gran aspiración de la humanidad a la pureza, afirma, “lo esencial es estar en su Cuerpo [de Jesús], estar penetrados por su presencia” (pp. 76s).

      Esta perspectiva termina por esclarecer el sentido del lavatorio de los pies de los discípulos, también respecto a la segunda significación: el ejemplo de humildad y entrega que Jesús da a sus discípulos. Porque ¿qué significa “amaos como yo os he amado”? 



EL significado del "mandamiento nuevo"

      Apunta Joseph Ratzinger: “La exigencia de hacer lo que Jesús hizo no es un apéndice moral al misterio y, menos aún, algo en contraste con él” (p. 80). No significa simplemente “amar hasta estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro” (p. 81). La verdadera novedad se refiere “al nuevo fundamento del ser que se nos ha dado”. Dicho de otro modo: “La novedad solamente puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él” (p. 82). En efecto: esto es lo Cristo nos da con la Eucaristía: la unión con Él y todos los que están con Él. Por eso el “mandamiento nuevo” sólo puede ser entendido y vivido “en” la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

      Benedicto XVI cita a San Agustín cuando éste explica que Jesús, al proponer en el Sermón de la Montaña la limpieza de corazón (cf. Mt 5, 8), está hablando de ese “corazón puro” que es la unión con Él y que nos va purificando, a medida que nos dejamos sumergir en su misericordia.

      Por eso –prosigue el Papa– Tomás de Aquino escribió que la nueva Ley (la Ley del amor cristiano o de la vida de la gracia) no es una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios. (Es decir: es el Espíritu Santo el que nos hace ser miembros de ese mismo Cuerpo que formamos con Jesús, y nos hace vivir no ya individualmente, sino en la familia de Dios que es la Iglesia, al servicio de las necesidades de los demás).

      De esta manera Benedicto XVI entiende que el lavatorio de los pies “significa la totalidad del servicio salvador de Jesús”: ese amor suyo en el que nos sumerge, y que es “el verdadero lavatorio de purificación para el hombre” (p. 92). 



La verdadera pureza: el amor a Dios y a los demás

      En definitiva, como hemos visto, su argumentación es que la verdadera pureza que trae el cristianismo va más allá de una mera “pureza ritual”, y también de una mera exigencia para la voluntad (una suprema exigencia moral). La verdadera pureza es la del amor a Dios y a los demás, en identificación con Cristo, y por tanto vivido en la Iglesia con todas las consecuencias. Entre ellas está la santificación del propio cuerpo y de las demás nobles realidades humanas, para que ahí se encarne la vida divina, que la recibimos para darla.
 

     Pues bien, esto se realiza concretamente gracias al el sacramento del Bautismo, y por ese segundo bautismo que es la Confesión de los pecados (cf. 1 Jn 8, ss; St 5, 16): “En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él” (p. 93).

      Durante la JMJ de Madrid 2011, Benedicto XVI aconsejó a los jóvenes que hicieran crecer la vida en plenitud por medio de la gracia divina. Que se plantearan la santidad generosamente y sin mediocridad. Y que tuvieran presente que “ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano, y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia” (Discurso en la plaza de Cibeles, 18-VIII-2011).

      De hecho hubo esos días muchos miles de confesiones, y sigue habiéndolas, porque la verdadera pureza de corazón sólo se alcanza dejándose sumergir en el Cuerpo de Cristo, para vivir con Él por los demás. 





(publicado en www.religionconfidencial.com, 11-IX-2011)

jueves, 8 de septiembre de 2011

Vidas con o sin esperanza


La historia de cada uno se entreteje con la de los demás. Queda claro en la película “Vidas contadas” (Jill Sprecher, 2002). La vida no parece justa muchas veces: “La fortuna sonríe a algunos y se ríe de otros” –dice un personaje–, y la felicidad puede convertirse “en una maldición”. Incluso los que tienen fe pueden sentir la tentación de “tirar la toalla” ante las dificultades. Pero es patente el valor tanto de la fe como de la libertad.

      Le cuesta más entenderlo al profesor de Física, acostumbrado a la “irreversibilidad” de las leyes de la materia. Sin embargo, desde el principio intuye que la realidad personal funciona de otra manera; él quiere “lo que todos queremos: vivir la vida, despertarme animado, ser feliz”, y para eso huye “de una vida predecible, del aburrimiento”; aunque se equivoca casi siempre en los medios, y pocas veces se pone en el lugar de los demás.


Un mismo árbol, un solo poema, una familia


      Se ve cómo los gestos de las personas cambian los acontecimientos, para bien (una actitud amable, una sonrisa) o para mal (una venganza, un desprecio). Nuestras decisiones influyen en la vida de los demás. Que “el ser humano necesita de 45 centímetros de espacio personal” debe de ser un consuelo en Manhattan –símbolo por antonomasia de la vida moderna–, donde es difícil evitar mezclarse con los otros. Además hay que contar con que necesitamos tiempo para rectificar, aunque el tiempo también se acaba. “El juez está a la puerta…, consideramos felices a aquellos que resistieron”, dice un predicador en la película. Hasta el final, todo puede arreglarse o estropearse: “A veces –dice otro personaje– la gente tiene suerte: se le concede una segunda oportunidad”. En todo caso, el destino no está escrito, sino que con Machado habría que concluir: “se hace camino al andar”.


      Recordemos cómo para Saint-Éxupéry somos ramas que pertenecemos a un mismo árbol. Y Josemaría Escrivá predicaba que “ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”. Por tanto, que “Dios y yo” es lo único importante, es una verdad a medias, como reconocía Newman en una especie de retractación. Y el Concilio Vaticano II proclamó que “Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo”, la familia de Dios (la Iglesia, como germen de la solidaridad entre todos los pueblos).


Aprender de nuevo la esperanza


     En su encíclica sobre la esperanza cristiana (Spe salvi, 30-XI-2007) , Benedicto XVI critica que la edad moderna haya sustituido el “Reino de Dios”, por el “reino del hombre”, entendido el hombre como materia sin libertad. Pero también habla de una necesaria “autocrítica del cristianismo moderno”, para que se comprenda mejor a sí mismo desde sus propias raíces. Cabe preguntarse en este sentido si no habremos caído, muchos cristianos, en el “mito del progreso” (materialista) o en una fe que no ha sido suficientemente pensada y hecha cultura, de manera que hayamos contribuido a la idea de que el mensaje del Evangelio es individualista.


     Afirma el Papa que, en Jesús, Dios “nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto”. Sobre esta base se apoya la fe en el juicio definitivo y el carácter salvador de la esperanza cristiana. Es ciertamente –señala– esperanza para mí, pero siempre es a la vez esperanza para los demás, para los otros.

     En resumidas cuentas, Benedicto XVI dice que los cristianos hemos de aprender de nuevo una “esperanza activa”, que nos lleve a ocuparnos de todos, rechazando el individualismo. Ya 150 años antes de Cristo, dijo Terencio: “Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”. En esa misma línea con las luces del cristianismo, escribió Dostoievsky que “todos somos responsables de todo”.

      Al final de “Vidas contadas”, se pregunta si la fe no es “la antítesis de las pruebas” (porque no probaría nada). En su segunda encíclica el Papa, con la tradición cristiana, sostiene que la fe es la “prueba” de lo que no se ve, la “sustancia” de lo que se espera, la llave para la “vida eterna”. Y la fe y la esperanza se prueban y se muestran por el amor. De la esperanza de las personas tocadas por Cristo –señala– “ha brotado esperanza para otros que vivían en la oscuridad y sin esperanza”.



 Publicado en www.analisisdigital.com, 15-XI-2007
Reproducido en "Al hilo de un pontificado: El gran 'sí' de Dios"
ed. Eunsa, 2010 

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