lunes, 28 de noviembre de 2011

Sencillez de la esperanza



El viaje de Benedicto XVI a África, para entregar la exhortación apostólica Africae munus, “al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz” (19-XI-2011), se ha celebrado bajo el signo de la esperanza y la sencillez; o quizá mejor, la sencillez de la esperanza.

      En el encuentro con las personalidades políticas y los representantes de las religiones (19-XI-2011), el Papa se refiere a África como continente de la esperanza, sin pretender una retórica fácil.


Sabiduría ética y fe cristiana

     Más allá de las visiones reductivas e irrespetuosas respecto del continente, Benedicto XVI lo ve, efectivamente, desde la esperanza:

      “Hablar de la esperanza es hablar del porvenir y, por tanto, de Dios. El futuro enlaza con el pasado y el presente. El pasado lo conocemos bien: lamentamos sus errores y reconocemos sus logros positivos. El presente, lo vivimos como podemos. Lo mejor, lo espero aún y con la ayuda de Dios”. Les invita a no privar a sus pueblos de la esperanza, y para ello les aconseja: “Tened un enfoque ético valiente en vuestras responsabilidades y, si sois creyentes, rogad a Dios que os conceda sabiduría”. Una sabiduría no fácil, pero que capacita para servir a todos, por encima de los intereses privados, que fácilmente ciegan el poder.

      La esperanza cristiana no paraliza. Al contrario, observa el Papa, contar con Dios lleva a “una esperanza que genera energía, que estimula la inteligencia y da a la voluntad todo su dinamismo”, para buscar la libertad y la justicia. Como decía el cardenal Saliège, de Tolouse, “esperar no es abandonar; es redoblar la actividad”. Y concluye Benedicto XVI: “Desesperar es individualismo. La esperanza es comunión”. Es la sencillez que brota de la fe cristiana.


El auténtico diálogo interreligioso arranca del amor a la verdad

      En este mismo marco de esperanza, se sitúa la cooperación entre las diferentes culturas y religiones. Ninguna de ellas puede justificar el recurso a la intolerancia o a la violencia. Concretamente, “utilizar las palabras reveladas, las Sagradas Escrituras o el nombre de Dios para justificar nuestros intereses, nuestras políticas tan fácilmente complacientes o nuestras violencias, es un delito muy grave”.

      Les señala cómo el auténtico diálogo interreligioso debe partir de que sólo puedo conocer y amar al otro, si me conozco y amo a mí mismo. Y esto sólo puede hacerse desde el encuentro con Dios y la oración. De aquí resulta que la verdad no es excluyente del otro, ni lleva a la confusión o al sincretismo. No se dialoga por debilidad sino en el amor a la verdad, como forma de amar a Dios y al prójimo. Este diálogo, que debe enseñarse especialmente a los jóvenes, puede tener diversas formas, como es la cooperación en el ámbito social y cultural. Y todo ello se condensa bien en la imagen de la mano: compuesta de cinco dedos, se extiende para dar y recibir, cuidar y ayudar, no para matar o hacer sufrir. Gráfico y sencillo.



Servicio y oración

      Al día siguiente, durante la Misa en el Estadio de la Amistad (Cotonú), les muestra la humildad de Cristo Rey: “Para Él, reinar es servir. Y lo que nos pide es seguir por este camino para servir, para estar atentos al clamor del pobre, el débil, el marginado”. Esto puede comportar sacrificios, pero conduce a la verdadera libertad, felicidad y paz con nosotros mismos, con los demás y con Dios.

      Un momento de especial intensidad es el encuentro con los niños de la parroquia de Santa Rita (Cotonú) y en el hogar “Paz y Alegría”, de las misioneras de la Caridad. En Santa Rita, el Papa se pone a su nivel, para explicarles que cuando se recibe la primera comunión, Jesús viene a habitar en el alma. Y por eso le podemos pedir que nos ayude a amarle y amar a los demás con su amor; y confiarle nuestras alegrías y penas, y nuestro futuro. Les invita a encontrar ratos de conversación con Jesús ante una Cruz o una imagen, a usar el Evangelio, a rezar el Rosario a la Virgen.


Opción por la sencillez

      Todo sencillo. Como sencilla fue la llamada a los Obispos, a los sacerdotes, a los seminaristas, a los religiosos y a los laicos, para renovar la vida cristiana de acuerdo con la condición y la misión de cada uno.

      A su regreso, ha dicho Benedicto XVI: “En África he visto una frescura del sí a la vida, una frescura del sentido religioso y de la esperanza, una percepción de la realidad, en su totalidad con Dios y no reducida a un positivismo que, al final, apaga la Esperanza” (Audiencia general, 23-XI-2011).

      En África se ha vuelto a poner de manifiesto la opción por los sencillos, que son los más grandes, y lo sencillo. Una opción coherente con las necesidades actuales allí (léase la rueda de prensa durante el vuelo a Benin) y otras necesidades en todo el mundo. Una opción sabia y esforzada.



(una primera versión se publicó en www.cope.es, 28-XI-2011)

Dios y nosotros


“La cuestión de Dios hoy” no es tema sólo para los no creyentes. Lo ha abordado Benedicto XVI en la sesión plenaria del Consejo Pontificio Consejo para los laicos (25-XI-2011), señalando certeramente el rumbo. Y atención a los matices.


La cuestión de Dios es "la cuestión de las cuestiones"

      El punto de partida es que la cuestión de Dios es siempre el principio de la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta misión incluye esencialmente proponer siempre el “recomenzar desde Dios”. De hecho “una mentalidad que se ha ido difundiendo en nuestro tiempo, renunciando a toda referencia a lo trascendente, se ha mostrado incapaz de comprender y preservar lo humano”. Y estas son las consecuencias: “La difusión de esta mentalidad ha generado la crisis que vivimos hoy, que es crisis de significado y de valores, antes que crisis económica y social”. El motivo: “el hombre que busca existir sólo de modo positivista, en lo calculable y en lo mensurable, al final queda asfixiado”.

      En este marco, deduce el Papa, “la cuestión de Dios es, en cierto sentido, ‘la cuestión de las cuestiones’”, pues “nos remite a las preguntas fundamentales del hombre, a las aspiraciones a la verdad, la felicidad y a la libertad ínsitas en su corazón, que tienden a realizarse”. De hecho, “el hombre que despierta en sí mismo la pregunta sobre Dios se abre a la esperanza, a una esperanza fiable, por la que vale la pena afrontar el cansancio del camino en el presente” (cf. enc. Spe salvi, n. 1). Empezar de nuevo con Dios es también una de las conclusiones de su libro entrevista “Luz del mundo” (2010).


A Dios se le encuentra a través de quienes le conocen

      A continuación, se pregunta Benedicto XVI: "¿Cómo despertar la pregunta sobre Dios? Teniendo en cuenta que comenzar a ser cristiano no es una decisión ética o una gran idea sino el encuentro con un acontecimiento con una Persona, Cristo (cf. Deus caritas est, 1), “la cuestión sobre Dios se despierta en el encuentro con quien tiene el don de la fe, con quien tiene una relación vital con el Señor”. Es decir, “a Dios se lo conoce a través de hombres y mujeres que lo conocen”. Con otras palabras: “El camino hacia él pasa, de modo concreto, a través de quien ya lo ha encontrado”.

      Es aquí, continúa el Papa, donde los fieles laicos tienen un papel importante. Según la exhortación Christifideles laici, ellos tienen como vocación propia, dentro de la misión de la Iglesia, por motivo de su “índole secular”, como modalidad propia e insustituible, la animación cristiana del orden temporal (cf. n. 36). Esto significa, en nuestro tiempo, lo siguiente: “Estáis llamados a dar un testimonio transparente de la importancia de la cuestión de Dios en todos los campos del pensamiento y de la acción”.

      Con ello se sitúa a los fieles laicos en la vanguardia de la Nueva evangelización, precisamente porque ellos son los que de modo más concreto pueden proponer a todos los que les rodean la cuestión de Dios. Más concretamente: “En la familia, en el trabajo, así como en la política y en la economía, el hombre contemporáneo necesita ver con sus propios ojos y palpar con sus propias manos que con Dios o sin Dios todo cambia”.


Comenzar por "Dios y nosotros"

      Entonces, cabría pensar, lo que se dice es que la cuestión de Dios es cosa que los fieles laicos han de proponer a “los otros”, es decir, a los no creyentes. Pues sí, pero no sólo eso; porque en relación con Dios, nunca se trata primero de “los otros” sino de “nosotros”: y ante todo, me afecta a mí personalmente y como miembro del “nosotros” eclesial.

      Lo expresa con claridad Benedicto XVI: “El desafío de una mentalidad cerrada a lo trascendente obliga también a los propios cristianos a volver de modo más decidido a la centralidad de Dios”. Se detiene explicando cómo “a veces nos hemos esforzado para que la presencia de los cristianos en el ámbito social, en la política o en la economía resultara más incisiva, y tal vez no nos hemos preocupado igualmente por la solidez de su fe, como si fuera un dato adquirido una vez para siempre”. Es éste un argumento que aparece también en la carta reciente Porta fidei (cf. n 2): la fe no se puede dar por supuesta, sobre todo cuando se trata de una fe vivida.

      ¿Y por qué ahora no hay que dar por supuesta la fe? Porque los cristianos no son ni extraterrestres, ni seres angélicos o espíritus puros que sobrevuelan un mundo en crisis de fe.

      Es el argumento del Papa: “En realidad los cristianos no habitan un planeta lejano, inmune a las ‘enfermedades’ del mundo, sino que comparten las turbaciones, la desorientación y las dificultades de su tiempo”.

      En consecuencia: “Por eso, no es menos urgente volver a proponer la cuestión de Dios también en el mismo tejido eclesial”. De hecho, observa, “¡Cuántas veces, a pesar de declararse cristianos, de hecho Dios no es el punto de referencia central en el modo de pensar y de actuar, en las opciones fundamentales de la vida”.

     Dios y nosotros. Así se titulaba un libro de Jean Daniélou, publicado poco antes del Concilio Vaticano II. Y esa sigue siendo, agudizada, con sus desafíos y sus horizontes, hoy la cuestión. 


Formación para la conversión y la Nueva evangelización

      Al hablar de los cristianos, es claro que incluye a toda la Iglesia, el “nosotros” de los cristianos. No se trata de un problema “sólo” de los fieles laicos; si así fuera, y si esto lo dijeran los clérigos, podría sonar a un cierto paternalismo, de quienes tienen a su cargo a “otros”. Pero no. Esto nos implica a todos los cristianos. También, por tanto, a los ministros sagrados y a la miembros de la vida religiosa.

      Así llega Benedicto XVI a lo que denomina la primera respuesta: “La primera respuesta al gran desafío de nuestro tiempo es, por lo tanto, la profunda conversión de nuestro corazón, para que el Bautismo que nos ha hecho luz del mundo y sal de la tierra pueda verdaderamente transformarnos”.

      Y como la conversión personal es la primera respuesta, de ahí arrancan, para la formación de todos (también de los laicos, pero no sólo de ellos), preguntas bien concretas. Por ejemplo: ¿cómo posibilitar esa conversión a los cristianos, según su propia condición; ese comenzar por Dios, personalmente y desde el “nosotros” de la Iglesia, que se traduzca en autenticidad de vida y por tanto de misión? ¿Qué itinerarios de fe, de formación para los sacramentos, de vida moral y de oración hay que recorrer? ¿Y cómo hacerlo en la vida familiar y profesional, cultural y social?




(publicado en www.religionconfidencial.com, 28-XI-2011)

sábado, 26 de noviembre de 2011

Adviento: puerta de la esperanza


Un hombre había perdido la “memoria del corazón”. Aquél hombre “había perdido toda la cadena de sentimientos y pensamientos que había atesorado en el encuentro con el dolor humano”. ¿Por qué sucedió esto y qué consecuencias tuvo? “Tal desaparición de la memoria del amor le había sido ofrecida como una liberación de la carga del pasado. Pero pronto se hizo patente que, con ello, el hombre había cambiado: el encuentro con el dolor ya no despertaba en él más recuerdos de bondad. Con la pérdida de la memoria había desaparecido también la fuente de la bondad en su interior. Se había vuelto frío y emanaba frialdad a su alrededor”.

      Es ésta una historia de Navidad de Charles Dickens, resumida por Joseph Ratzinger en una de sus meditaciones de los años 80 (publicadas en castellano con el título “El resplandor de Dios en nuestro tiempo”, Herder 2008).


La experiencia de la bondad


      Resulta interesante que lo que aquí se llama “memoria del corazón” o “memoria del amor” surja de los encuentros con el dolor. Esto ilumina una profunda verdad: normalmente percibimos que cualquier persona es digna de ser ayudada en su necesidad, porque pertenecemos todos a una sola familia humana. Los cristianos sabemos que somos imagen de Dios y estamos llamados a ser hijos de Dios. La conciencia de esa necesidad suscita en nosotros el deseo de hacer el bien. Y todo eso queda en la memoria como un tesoro, que nos permite seguir creyendo en el bien y la capacidad de hacer el bien, y seguir haciéndolo, amando. Sabemos, por experiencia, que necesitamos de los demás y que ayudándoles nos hacemos nosotros mismos mejores y contribuimos al progreso del mundo. Por eso quien no ha tenido la experiencia de la bondad, o ha perdido la memoria de la bondad, es difícil que tenga esperanza. 




      A los replicantes de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982) –robots de aspecto humano– les habían implantado recuerdos y sentimientos artificiales; pero ellos habían llegado a sospecharlo, y, como sabían su fecha de caducidad, se rebelaron contra su “creador” y contra la autoridad establecida, porque querían seguir viviendo.

      Como cristianos, es el Espíritu Santo el que nos une y nos vivifica en la familia de Dios. Nos hace progresar por medio de la fe, de la esperanza y del amor. Uno de los modos principales en que lo hace es a través de la liturgia de la Iglesia, como sucede en el Adviento.


Despertar la esperanza


      “El Adviento –decía Joseph Ratzinger en su meditación– quiere despertar en nosotros el recuerdo propio y el más hondo del corazón: el recuerdo del Dios que se hizo niño. Ese recuerdo sana, ese recuerdo es esperanza”. El Adviento, puerta del año litúrgico, nos introduce en esa “historia de los recuerdos” más valiosos (la historia de nuestra salvación). Nos ayuda a “despertar la memoria del corazón y, de ese modo, aprender a ver la estrella de la esperanza”.


      En el Adviento podemos hacer que esos grandes recuerdos de la humanidad, que guarda la tradición cristiana, se vayan integrando en nuestros recuerdos personales y los vayan alimentando. Y observaba el cardenal Ratzinger: “Seguramente cada uno de nosotros puede contar en ese sentido su propia historia de lo que significan para su vida los recuerdos festivos de Navidad, de Pascua o de otras celebraciones”.

      Hoy parece amenazada, en muchos cristianos, esta “memoria del corazón” que es el año litúrgico, por falta de experiencia y de conocimiento. Por eso es importante reestrenar el Adviento. De la mano del Espíritu Santo y de María, especialmente en las semanas previas a la Navidad hay que desempolvar los recuerdos del bien y enriquecerlos viviendo con intensidad la liturgia y sirviendo a los demás, para mantener abierta la puerta de la esperanza.

      En el Adviento de 2010, Benedicto XVI señalaba: “El hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se le reconoce por sus esperas: nuestra ‘estatura’ moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos”. Y exhortaba a preguntarse, durante la preparación de la Navidad: “Yo, ¿qué espero? ¿A qué, en este momento de mi vida, está dirigido mi corazón?”. Y también, en el plano de la familia, de la comunidad o de la nación: “¿Qué es lo que esperamos juntos? ¿Qué es lo que une nuestras aspiraciones?”




(publicado en  www.cope.es, 29-XI-2010)

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Política y santidad

Santo Tomás Moro (1478-1535), lord canciller de Inglaterra.
Juan Pablo II lo nombró en 2000 patrono de los políticos y los gobernantes.
Su vida se representa en la película "Un hombre para la eternidad" 
(A man for All Seasons, F. Zinnemann, 1966)
 

En época de elecciones viene bien reflexionar sobre la relación entre política y santidad. Decía Max Weber que al político le corresponde la “ética de la responsabilidad” (actuar previendo todas las consecuencias), mientras que al santo le conviene la “ética de la convicción” (actuar según lo que piensa que debe hacerse o Dios le pide, sin mirar las consecuencias); dos opciones que, en su opinión, son irreconciliables.

     Pero Spaemann observa que así se pasa por alto un hecho fundamental: que han existido políticos que han sido santos o santos que han sido políticos, y buenos políticos, con éxito; pues ambas cosas no están reñidas (cf. Ética: Cuestiones fundamentales, cap. V).

      Vale la pena preguntarse en qué consiste la santidad y cómo sería posible alcanzarla no a pesar de la política, sino “también” siendo político.


La llamada universal a la santidad

      Todas las personas están llamadas a la santidad. De un modo más concreto, todos los bautizados. Lo ha recordado Benedicto XVI con ocasión de la fiesta de todos los santos: “Todos los estados de vida, de hecho, se pueden convertir, con la acción de la gracia y con el compromiso y la perseverancia de cada uno, en vías de santificación” (Angelus, 1-XI-2011). La Iglesia, añadía, es la llamada concreta de todos los bautizados a la “comunión de los santos”, por el Bautismo; para ello hemos de superar la fragilidad y vencer el pecado. La santidad, es pues, la meta. Pero ¿cuándo y cómo se logra? ¿Y qué relación tiene con las actividades ordinarias de la vida? ¿Hay que dejar aparte las cosas que amamos para buscar la santidad?

     La meta de la santidad sólo se alcanza definitivamente en el Cielo. Tal es la gran esperanza cristiana, única que da sentido a la muerte. Todos buscamos que perviva lo bello y grande que hayamos podido realizar. Dice el Papa: “Sobre todo, sentimos que el amor reclama y pide eternidad, y no es posible que sea destruido por la muerte en un solo momento” (Audiencia general, 2-XI-2011). Ni el hombre ni la muerte ni el amor pueden afrontarse con puros métodos “científicos” o experimentales, pues la dimensión del Amor de Dios trasciende el espacio y el tiempo. Según la fe cristiana, la vida en unión con Cristo y la fe en Él, por decirlo en una palabra, la santidad (que se incoa en esta vida), es la garantía de Vida eterna.


La santidad lleva a trabajar por el futuro y la esperanza

     Pues bien, la fe cristiana y la santidad no nos apartan del interés por todo lo que es bueno para el hombre y el trabajo en la tierra para incrementarlo, ni hacen inútiles nuestras esperanzas de alcanzarlo y transmitirlo. Señala Benedicto XVI: “La fe en la vida eterna da al cristiano el valor para amar aún más intensamente esta tierra nuestra y trabajar para construirle un futuro, para darle una esperanza verdadera y segura” (Ibid). Esto nos interesa para nuestro tema. Trabajar por el futuro y la esperanza, ¿no es lo que, con vistas al bien común, deben hacer los políticos?

     Los últimos domingos del año litúrgico han sido ocasión para volver a subrayar que el amor es el camino y la puerta del Cielo (cf. Mt 25, 34-36). Por una parte, el amor y las obras de misericordia son el “aceite” para encender la lámpara que conduce al Reino de Dios (cf. Mt 25, 1-13). El amor, observa el Papa, “no se puede comprar, pero se recibe como regalo, se conserva en la intimidad y se practica en las obras”. Por eso “quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara con la que atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida” (Angelus, 6-XI-2011)

     De otro lado, el amor es también el “talento” (cf. Mt 25, 14-30) más importante que Dios nos ha concedido, para hacerlo fructificar durante nuestra vida. “La caridad es el bien fundamental que nadie puede dejar de hacer fructificar y sin el cual todo otro don es vano (cf. 1 Co 13, 3)” (Angelus, 13-XI-2011).


La política, tarea impulsada por la justicia y el amor

      ¿Qué decir, en este marco, acerca de la tarea política? ¿Será un lugar donde la fe hay que dejarla fuera o no tiene consecuencias? ¿Será una actividad donde la luz no ilumina o el amor no da fruto?

     A finales de 2002 la Congregación de la Fe publicó un documento sobre los católicos y la vida política, donde se decía que los cristianos laicos no pueden abdicar de su participación en la política, entendida como “la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común”. La encíclica Caritas in veritate afirma que todas las personas tienen la vocación de comprometerse a favor de la verdad y el amor, y, por tanto, de trabajar por el desarrollo integral de los demás.

      Ciertamente, no todos lo harán como trabajo profesional. Los políticos de profesión, a la luz de los principios expuestos, han de tener una conciencia viva de que su tarea debe ser impulsada por la justicia y el amor. Laicismo intolerante sería negar a los cristianos la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, entre ellas las que corresponden a la ética natural.

     La política, como todas las tareas de esta vida, necesita del amor. La justicia sola, aún siendo imprescindible, no basta para hacer “justicia total” a la realidad del hombre y del mundo. La propuesta cristiana se centra en el amor, como gran “secreto” para llegar a la santidad y servir máximamente a Dios y a los demás. Esto es posible en todas las condiciones, situaciones y trabajos de la vida. También en la política.



(publicado en www.religionconfidencial.com, 16-XI-2011)

domingo, 13 de noviembre de 2011

El valor de la virtud

Marc Chagall, El cielo azul de París (1964)


En la actual situación de “urgencia educativa” cabe redescubrir las virtudes. Esta palabra se refiere no a cualesquiera “valores” personales, sino a cualidades que se consideran buenas en las personas, y que poseen como hábitos de obrar bien, conformes a la razón natural. Según Platón las virtudes tienen que ver con la vida plena, con la libertad y con la belleza, pues para los griegos lo bello era equivalente a lo valioso.

     Romano Guardini publicó en 1963 un libro sobre las virtudes como formas de la vida ética. Ahí explica cómo las virtudes suponen una personalización de los valores, y en cada una de ellas sigue predominando ese determinado valor. En cada virtud se expresa el hombre entero. Y esto acontece tanto en la historia de la vida personal como en la evolución de un pueblo o de un país, donde a veces varían las virtudes que determinan la actitud moral. 


     Más allá de la resonancia un tanto extraña y antipática, antigua y moralizadora que con frecuencia reviste modernamente el término “virtud”, Guardini ha hecho mucho, y conviene conocerlo, para restablecer su significado vivo y positivo.

 

¿Qué significa virtud?

     Ante todo, ¿qué significado concreto tiene decir que alguien posee una virtud? Responde Guardini que las virtudes favorecen la alegría y enriquecen la personalidad y la vida entera de quien las posee. Por ejemplo, la virtud del orden lleva al dominio de sí mismo, no como un yugo pesado, sino al contrario: como una liberación de las mejores energías de la persona, y por tanto a una adecuada actitud en la relación con las personas y las cosas.

      Señala Guardini que hay dos modos en que una virtud se puede desarrollar: de modo innato o como un proceso consciente y esforzado. Hay personas que tienden como naturalmente al orden. A otros les sucede lo contrario; incluso el orden les resulta agobiante, y tienden a pensar que la libertad consiste en hacer aquello a lo que están inclinados.

      Los primeros tendrán que vigilar para que esa tendencia se traduzca en claridad y belleza en su vida, y no les vuelva estrechos, duros o pedantes. Los segundos deberían caer en la cuenta de que el orden es un valor indispensable, personal y socialmente; deberían luchar por conquistarlo, aunque les cueste quizá toda su vida.

      “Ambas formas de virtud son buenas, ambas necesarias”, dice Guardini. Y entiende que sería un error pensar que sólo es virtud la que surge con naturalidad, así como es un error pensar que sólo es moral lo que se logra con esfuerzo. 



Virtud y sufrimiento

      Continúa el ilustre pensador italo-alemán, las virtudes se pueden deformar o pueden enfermar. El orden, lo hemos visto ya, puede hacerse rígido hasta el punto de no valorar la libertad o la creatividad; puede convertirse en una constricción que hace daño. La virtud puede enfermar haciendo también sufrir a esa persona y a los demás. En el caso del orden, pueden generarse obsesiones o angustias.

     De otro lado, puede suceder que el virtuoso sufra más que otros, no porque su virtud enferme, sino porque le hace más sensible que otros en determinados aspectos de la vida.

     Así, la persona ordenada se da cuenta del peligro y la amenaza misteriosa que puede esconderse en el desorden, tanto en el mundo, como en el propio espíritu, como también en las relaciones humanas en el trabajo y en el Estado.

      En todo caso, Guardini, que escribe en la perspectiva de una ética transcendente o abierta a Dios, dice que las virtudes deben ser realmente humanas y razonables. “El hombre ha de seguir conservando el dominio sobre su virtud para alcanzar la libertad de la imagen y semejanza de Dios”. 



Virtud y transcendencia
 

     Por último, señala que la virtud tiene que ver con la transcendencia: “Se eleva hasta Dios, o mejor dicho, desciende de Él”. Para Platón, de la bondad eterna de Dios (que es el agathón, lo bueno) desciende la iluminación moral al espíritu del hombre según los diversos caracteres. Pues bien, dice nuestro autor, “en la fe cristiana llega a su plenitud ese reconocimiento”.

     Respecto a la virtud del orden, Guardini evoca la imagen misteriosa de la ciudad santa que desciende de Dios a los hombres, como síntesis del orden (cf. Ap. 21, 10). A la luz del cristianismo, señala tres modos de entender la relación entre el orden y Dios.

     Primero, al ser Dios el Creador y Señor, distinto del mundo, el hombre le debe obediencia; sin este orden, el caos prevalece sobre todo intento de bienestar y cultura.

     Segundo: el orden pide que toda injusticia sea reparada (podría recordarse aquí la encíclica de Benedicto XVI, Spe salvi, nn. 41-48); es un espejismo pensar que la injusticia se disuelve por sí misma, pues permanece en el contexto vital de los que la cometen y padecen, en el influjo y consecuencias que tiene en la historia; y, finalmente, Dios se ocupará de que sea reparada al final de los tiempos.

      Tercero, por tanto, la historia pide que se rindan cuentas, no a la opinión pública ni a la ciencia, ni a la historia misma (que mantiene escondidas o falseadas tantas cosas), sino en el juicio ante Dios. 


* * *

     Cabría añadir a estas observaciones de Guardini otras dos, hoy particularmente necesarias. 



Virtud, vida lograda y alegría

     En primer lugar, que siempre vale la pena buscar la virtud. El motivo es que, cuando es sana y auténtica, lleva a la vida plena y por tanto a la alegría, aunque esta alegría no esté libre de cierto sufrimiento. Las virtudes son condición para una vida lograda, también en relación con la familia (escuela de virtudes) y el trabajo, y para una verdadera transformación de la sociedad.

      En segundo término, que las personas que no tienen valores o virtudes sufren mucho o quizá más que los virtuosos, precisamente por carecer de virtudes. 



Virtud y razón; verdad, bien y belleza

      Las virtudes son un camino de “diálogo educativo” entre la fe y la razón. En Chipre dijo Benedicto XVI: “La práctica de la virtud consiste en actuar de conformidad con la recta razón, en la búsqueda de todo lo que es verdadero, bueno y hermoso” (5-VI-2010). El Papa ha citado a San Gregorio de Nisa cuando dice que Cristo es el modelo y maestro que nos permite ver la imagen de Dios. Cada uno es el pintor de su propia vida y las virtudes son las pinturas de las que se sirve (cf. De perfectione christiana: PG 46, 272 b). 



Virtud y santidad

      Para declarar que alguien ha llegado a la santidad, la Iglesia pone como condición el que haya practicado “virtudes heroicas”. Pero atención a lo señalado por Joseph Ratzinger: “Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. (…) La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz” (Intervención con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá, publicada en el “Osservatore Romano”, 6-X-2002). 


      En definitiva, las virtudes, como “formas de estar el hombre en el bien” (Guardini), son claves para comprender a las personas, y, en la educación cabe partir de sus dones naturales para lograr otras virtudes. Constituyen así, ciertamente, horizontes educativos de una existencia mejor, vivida y comprendida como una tarea, en la que se juega su propio sentido. 



(Publicado en www.analisisdigital.com, 13-XI-2011)

sábado, 5 de noviembre de 2011

El amor, clave cristiana de la ética

Giotto, El lavatorio de los pies (1303-1305)
Padua, Capilla de los Scrovegni


El cristianismo no es, no debe ser, un moralismo; es decir: una exaltación desmedida de los valores morales, que conduciría a una vida centrada en el “cumplimiento” de unas reglas o un código moral.
            Esto lo explicó Benedicto XVI en su visita al Seminario de Roma, el 12 de febrero de 2010, en una meditación sobre el capítulo 15 del evangelio de San Juan.


Cristo y la ética
           
            La Iglesia es la viña que Dios ha plantado –ya en el Antiguo Testamento, al elegir al Pueblo de Israel– y esperaba de ella muchos frutos. Ahora la viña es la Iglesia y por eso hemos de “permanecer” en Cristo (Él es la vid y nosotros los sarmientos, cf. Jn cap. 15), especialmente por medio de la Eucaristía. En ella encontramos y nos unimos a esta “gran historia de amor, que es la verdadera felicidad”. 
            Como consecuencia de ese “permanecer” con Cristo –el nivel que el Papa llama “ontológico”, es decir, perteneciente al ser– vienen otras palabras –que expresan el nivel del obrar–: “Guardad mis mandamientos”.
            Por tanto, es la unión con Cristo la que procura el fruto anticipado de nuestro amor; no somos nosotros los importantes –nuestras obras y nuestras valoraciones–, sino que lo más importante es ese darse de Dios mismo, que precede a nuestro obrar:
            “No somos nosotros los que hemos de producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no somos nosotros los que debemos hacer cuanto Dios espera del mundo, sino que ante todo debemos entrar en ese misterio ontológico: Dios se da a sí mismo. Su ser, su amar, precede a nuestro obrar, y, en el contexto de su Cuerpo, en el contexto de su estar con Él, identificados con él, ennoblecidos con su sangre, también nosotros obrar con Él”.


La Iglesia y la ética

            He aquí los fundamentos de la ética cristiana, o, podría decirse también, las claves cristianas de la ética.  Puesto que “la ética es consecuencia del ser”–explicaba Benedicto XVI–, “primero el Señor nos da un nuevo ser, este es el gran don; el ser precede al actuar y a este ser sigue luego el actuar, como una realidad orgánica, para que lo que somos podamos serlo también en nuestra actividad”.
            En efecto, ese nuevo ser es el gran don que formamos en unión con Cristo. Y de este ser procede el actuar conforme a lo que se es: un cuerpo vivo y orgánico. El cristiano actúa no como quien obedece a una ley externa que otro le impone; sino que desde el amor saca gustosamente lo mejor de sí mismo, dando así sentido pleno a su existencia.
            Estamos, por tanto, en las antípodas de una ética moralista, que conduce a una vida centrada en el “cumplimiento” de unas reglas o un código moral impuesto desde fuera a la persona.  Un moralismo que, al ser artificial, no hace mejor a la persona ni la dirige hacia el amor, como tampoco la aparta de las tentaciones del individualismo y la violencia.
            Se entiende que añadiera el Papa: “Y así damos gracias al Señor porque nos ha sacado del puro moralismo; no podemos obedecer a una ley que está frente a nosotros, sino que debemos sólo obrar según nuestra nueva identidad”. No se trata de la obediencia a algo exterior, “sino de una realización del don del nuevo ser”, que es este amor de Dios en Cristo que nos constituye en su Cuerpo místico.
A todo ello le sigue este mandamiento nuevo: “Amaos como yo os he amado” (Jn 13, 34). No hay amor más grande que este “dar la vida por los propios amigos” (Jn 15, 13).        
¿Pero qué quiere decir esto exactamente?, se preguntaba Benedicto XVI. Tampoco aquí se trata –dice por tercera vez– de un moralismo. Y lo explica por pasos.
Una posible interpretación, argumenta, sería en primer lugar: “No es un mandamiento nuevo; el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo existe ya en el Antiguo Testamento”. Otra posición de algunos: “Ese amor queda radicalizado; este amor al otro debe imitar al de Cristo, que se ha dado por nosotros; debe ser un amor heroico, hasta el don de sí mismos”. “En este caso –replica–, sin embargo, el cristianismo sería un moralismo heroico”.
Y llega a la conclusión de su razonamiento, que vuelve a descubrir la ética del nuevo ser que constituye al cristiano en el “nosotros” de Cristo:
“Es verdad que debemos llegar hasta esta radicalidad del amor, que Cristo nos ha mostrado y donado, pero también es cierto que la verdadera novedad no es –insiste– lo que hacemos nosotros, la verdadera novedad es cuanto Él ha hecho: el Señor se nos dado Él mismo, y el Señor nos ha dado la verdadera novedad de ser miembros en su cuerpo, ser sarmientos de la vida que es Él. Por tanto, la novedad es el don, el gran don, y desde ese don, desde esa novedad del don, se sigue también, como he dicho, el nuevo obrar”.
Para dar con la raíz de la “novedad cristiana”, Benedicto XVI acudió al pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Éste afirma, con respecto al cristianismo, que “la nueva ley es la gracia del Espíritu Santo” (Suma teológica, I-II, q. 106, a. 1). E interpreta el Papa: “La nueva ley no es un mandamiento más difícil que los otros: la nueva ley es un don, la nueva ley es la presencia del Espíritu Santo que se nos da en el Sacramento del Bautismo, en la Confirmación, y se nos da cada día en la Santísima Eucaristía”.


El Espíritu Santo y la ética

Con la clave de ese don del amor, que es el Espíritu Santo –principio de unidad y vida de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo–, interpretaba Benedicto XVI también las palabras del Señor: “’Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Yo os he llamado amigos porque todo lo que he oído del Padre os lo he dado a conocer’. Ya no somos siervos ­–observaba el Papa– que obedecen al mandato, sino amigos que conocen, que están unidos en la misma voluntad, en el mismo amor”.
Al final de su intervención expresó que forma parte de la novedad cristiana también el hecho de que el Espíritu Santo se nos dé –junto con los sacramentos– como fruto principal de la oración, para que “podamos responder a las exigencias de la vida y ayudar a los otros en sus sufrimientos”.
Este argumento lo recoge también Benedicto XVI en el segundo volumen de su libro Jesús de Nazaret, cuando dice que “amaos los unos a los otros como yo os he amado” no significa simplemente “amar hasta estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro” (p. 81). La verdadera novedad se refiere “al nuevo fundamento del ser que se nos ha dado”. Con otras palabras: “La novedad solamente puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él” (p. 82).
En otros términos, sólo quien está unido a Cristo, y por tanto a todos los que están unidos con Él por el Espíritu Santo, puede amar “como” Cristo. No se trata de seguir su ejemplo (cf. Jn 13, 15) desde fuera, sino de ver la realidad con su misma mirada, querer con su misma voluntad, sentir con su mismo corazón. Entrar, para vivirla, en su misma Vida, que es vida de cada uno compartida con Cristo y, en Cristo, con los demás. Y sin que nada de eso nos quite de ser “nosotros mismos”; sino que, al contrario, eso es lo que nos hace descubrir nuestro verdero proyecto, nuestra verdadera felicidad.


La Eucaristía y la ética

Así es. Cristo se nos da sobre todo en la Eucaristía, que es la unión con Él y todos los que están con Él. Si soy cristiano y trato de vivir como tal, mi acción es fruto de mi amor, no de unas normas impuestas desde fuera. Pero ese amor no será un amor individualista, sino un amor abierto a Dios y a los demás en la manera más personal y total posible, que será integrado en “nuestro” amor. De ahí surge la verdadera pureza del corazón.
 Por eso el “mandamiento nuevo” sólo puede ser entendido y vivido “en” la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, semilla de fraternidad universal. Por eso la vida cristiana no es algo individualista. También por eso la acción de la Iglesia no se entiende si se enfoca como el resultado de un activismo puramente sociológico. Y, en último término, por eso la acción humana, a través de la que el hombre se autorrealiza, encuentra su plenitud, su explicación y su orientación más plena y profunda en el cristianismo.
Desde aquí se ilumina el por qué se insiste, en la formación cristiana, en la prioridad de los sacramentos –sobre todo la Eucaristía y la Penitencia– y la oración. La respuesta es: porque es el Espíritu Santo, y no nuestras obras o realizaciones, el gran don que hace posible tanto la vida cristiana (que a veces se denomina por eso “vida espiritual”), como la misión y la acción de la Iglesia. Es el don del amor, que se convierte también en tarea nuestra, lo que nos da la unidad, la vida y la eficacia.


Consecuencias para la formación: autenticidad de lo cristiano

A veces se oye decir: no basta la santidad personal, no basta la oración o la educación en las virtudes, no bastan los sacramentos, sino que hay que transformar las estructuras sociales, hay que cambiar el mundo. Se esconde ahí un error. La santidad personal, la oración y las virtudes, los sacramentos, cuando se viven auténticamente, impulsan siempre a transformar, primero, el propio corazón; y, desde ahí, las estructuras sociales injustas y todo lo que en el mundo pueda y deba ser cambiado.
Y de esta manera, que sería inalcanzable por las meras fuerzas naturales e inasequible por la pura razón, el cristianismo “realmente vivido” muestra que la clave de la ética es el amor. Todo lo que va en esa dirección –la apertura a Dios y el encuentro con los demás– es garantía de humanidad verdadera.  



                      

Una primera versión de este texto fue publicada en www.zenit.org, 20-II-2010,
con el título "El cristianismo no es un moralismo"

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Peregrinos de la verdadera paz




La intervención de Benedicto XVI en Asís, con motivo del 25 aniversario de la Jornada de oración por la paz con la participación de representantes de las religiones, es un paso importante desde muchos puntos de vista. El tema del discurso es el papel de las religiones (y por tanto de la oración de los creyentes) en la promoción de la paz y la justicia. Pero implica también tanto a los no creyentes o ateos, como a toda persona de buena voluntad que busque la verdad. 


 La violencia vinculada al terrorismo. Religión y violencia

     En primer lugar analiza el Papa la violencia vinculada al terrorismo. Y reconoce que una de sus causas es la religión, o más bien la deformación de la religión. “Sabemos que el terrorismo es a menudo motivado religiosamente y que, precisamente el carácter religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada, que cree poder relegar las normas del derecho en razón del ‘bien’ pretendido. Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la violencia”.
     Ante esto, “los representantes de las religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir –y nosotros lo repetimos con vigor y gran firmeza– que esta no es la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción”.
     Y en este punto acepta diversas objeciones: “Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión? Vuestra pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha apagado entre vosotros? (…) ¿Acaso existe realmente una naturaleza común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por tanto, es válida para todas?” Estas preguntas, dice, no pueden soslayarse.
     Comienza el Papa respondiendo acerca de la verdadera naturaleza del cristianismo, a la vez que reconoce los errores del pasado: “Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro contraste con su verdadera naturaleza”. Continúa explicando: “El Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es ‘Dios del amor y de la paz’ (2 Co 13,11). Y extrae una consecuencia importante para todos los educadores cristianos: “Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad por la fe cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de su centro interior, para que –no obstante la debilidad del hombre– sea realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo”.


La violencia como consecuencia de negar a Dios

      En segundo lugar aborda la violencia que es “consecuencia de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de humanidad”. Ya hemos visto cómo los enemigos de la religión quieren que desaparezca porque la ven como fuente primaria de la violencia. “Pero –observa Benedicto XVI– el ‘no’ a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios”.
     Señala el Papa que cuando Dios no está presente, de manera silenciosa toman su lugar el poder, el tener, el placer: “La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas formas. Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el cuerpo como en el espíritu”. Y por tanto, se destruye la paz: “La violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo.
    En definitiva, lo que desea subrayar Benedicto XVI es que cuando la religión se vive rectamente (lo que implica su capacidad para el diálogo y la purificación), es una fuerza de paz. Mientras que “la negación de Dios corrompe al hombre, le priva de medidas y le lleva a la violencia”.


Los no creyentes que buscan la verdad


      Además de los creyentes y los no creyentes, el Papa se refiere, finalmente, a aquellas “Personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios”. Personas que sufren la ausencia de Dios, que buscan lo auténtico y bueno, y por tanto están en camino hacia Él. A ellos se les aplica también, de modo distinto, el lema de la reunión de Asís: “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz”.
     Se trata de personas (como el filósofo mexicano Guillermo Hurtado, la humanista francesa Julia Kristeva, el filósofo italiano Remo Bodei y el economista austriaco Walter Baier, que estuvieron en la reunión de Asís) que plantean legítimamente cuestiones tanto a los ateos como a los creyentes. Por una parte, “despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella”. Por otra parte, “también desafían a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos, hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás”.
     ¡Atención!, porque los creyentes tienen una particular responsabilidad ante estas personas. “Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a los creyentes a purificar su propia fe, para que Dios – el verdadero Dios – se haga accesible”.
     Al final, y para todos, “se trata del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho”. Unos y otros, también los terceros, tienen su papel en la búsqueda de la verdadera paz. Y ese papel, cabría señalar, comienza por la responsabilidad personal, por el compromiso personal ante la verdad, el bien y la belleza. Un compromiso que los creyentes descubren con mayor fuerza en la oración. Porque la oración verdadera lleva a la purificación y al compromiso por la paz.

*    *     *

     En la audiencia general del miércoles 26 de octubre, el Papa explicaba que la promoción cristiana de la paz sólo puede hacerse desde un corazón libre de la avidez y del egoísmo; un corazón que renuncia a la violencia y abraza la Cruz, como signo de que el amor es más fuerte que la violencia y la muerte. Los cristianos están llamados a promover la paz desde la Paz que es Cristo: “El Señor viene en la Eucaristía para sacarnos de nuestro individualismo, de nuestras particularidades que excluyen a los demás, para formar con nosotros un solo cuerpo, un solo reino de paz en un mundo dividido”.
      Estamos ante un tema clave para la ética cristiana. Esto pide, a todos los niveles, continuar con la “purificación de la memoria histórica” que tanto impulsó Juan Pablo II. No se trata de una táctica para calmar las críticas, sino de un aspecto esencial del cristianismo. Algo decisivo tanto para la Nueva evangelización, como para el diálogo interreligioso, como también para autentificar el testimonio de los creyentes en el mundo. 


(una primera versión se publicó en www.cope.es, el 2-XI-2011)

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